Un agujero negro no es un típico agujero como el del piso, la pared o el zapato. No es grieta, cráter, pozo o ratonera. Se trata de una abertura en el espacio-tiempo, cuya naturaleza es diferente a cualquier horadación de las que existen en la Tierra. Es una oquedad impensable en la garganta del universo.
Fue bautizado así, solo para que vagamente pueda ser entendido, para que tenga un sentido práctico por la mente humana y nuestro ingenuo cerebro, ya que el concepto objetivo y veraz de cómo luce un agujero negro, ni remotamente lo podemos imaginar.
Nuestra mente está estructurada sólo para lidiar con 3 dimensiones y una cuarta temporal y, en consecuencia, no podría entender un objeto de esta naturaleza, dado el nivel de extrema distorsión física que allí se experimenta, una vez que su barreno atronador ha horadado el universo con su infinita fuerza de gravedad, al punto que ha hecho añicos nuestro sentido de la lógica, de las matemáticas y de la física, mientras, de paso, el agujero negro se va abriendo paso hasta conectar con uno o varios universos paralelos.
No existe nada en nuestra experiencia natural que nos dé referencias para compararlo. El aspecto de este bizarro objeto sería algo que no podríamos describir, aun cuando tuviéramos el chance hipotético de poder verlo. Sólo imagínese un remolino que succiona todo, como una tina repleta de agua a la que le quitamos el tapón. Pero en un agujero negro no hay tina que valga.
El campo de gravedad infinito concentrado en un agujero negro deforma nuestras nociones de tiempo y espacio. Nada de lo que allí suceda podría ser explicado. Es sólo un inmenso pasadizo hacia lo desconocido. Tal vez un hueco que conduce hacia otros universos y punto. Tan sencillo, tan complicado como eso. Por eso, es más fácil decir que no es un agujero negro que intentar decir lo que es.

