Lo que a nivel mundial provocó un error de traducción: la mayoría de hipótesis sobre la posible vida inteligente en Marte se debió a una palabra mal traducida, una sola, en 1877, el inocuo vocablo Canales. En ese año, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli descubrió gigantescas estructuras lineales en la superficie del planeta rojo a las que denominó con esa palabra. Como científico, su hallazgo aludía formaciones naturales en el suelo, exclusivamente.
El vocablo de marras hizo a Schiaparelli muy famoso, pero también catapultó a Marte al lugar mítico que ocupa, porque canales tan grandes, que se supuso eran para conducir la escasa agua marciana, habrían sido construidos por personas de avanzados conocimientos, seres dotados de un cerebro incluso más evolucionado que el nuestro, lo cual desató sentimientos de rivalidad y de temor. Dicho de otra forma, habían nacido los marcianos, creados por un dios frágil y diminuto llamado Hombre.
La voz italiana Canali, usada por Schiaparelli, indicaba, insisto, formaciones en el terreno de origen natural, pero el traductor se fue por la tangente, al traducir literalmente Canals, indicando construcción artificial. Walter Tyson debió aplicar la palabra Channels, pero los marcianos llegaron para quedarse.
Si el traductor Tyson no se hubiese equivocado, la humanidad tampoco. Porque, a partir de entonces, el error (y el temor) inspirarían la imaginación: en 1898, 11 años después de aquella mala traducción, se publica la novela de ciencia-ficción La Guerra de los Mundos, del británico Herbert George Wells, que describe la voraz invasión de marcianos a la Tierra.
A partir de la novela de Wells, lo sabemos, se han hecho adaptaciones interminables: 8 novelas más y 11 series de cómics, una de las cuales presentó a los marcianos de piel verde, y el tan se pegó. Se estrenarían luego 12 películas sobre marcianos, 9 malos y 3 buenos, como Mi marciano Favorito, la serie de los 60. Y claro, no podemos olvidar el proverbial programa de radio de Orson Wells, de 1938, que se emitió como noticiario urgente, y sembró pánico colectivo en Estados Unidos.
En 1909, el astrónomo Percival Lowell, reconoció que la palabra Marciano realmente sonaba bien, que era un término lleno de vida, lo cual contribuyó a la popularidad de este exo-gentilicio en nuestro planeta. Por supuesto, la palabra exo-gentilicio me la acabó de inventar, así como se inventó hace algunos años la palabra exo-planeta, para designar mundos orbitando fuera de nuestro sistema solar. El punto es que una mala traducción de una sola palabra, dio a luz a cientos de millones de diminutos seres con antenitas y nariz de bocina, aunque Marte como planeta lleve más de 600 millones de años muerto, una verdadera lápida sideral.
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