Todo sobre la Vía Láctea: los chinos la llaman el Camino de la Seda. Los vikingos la llamaban Valhalla, que significa Senda resplandeciente. Los japoneses le pusieron Río de Plata Celestial. En numerosas tribus africanas se le conoce como: La ruta de los dioses, Fúlgida brecha o Sendero de la luz. En España le decían El Camino de Santiago y en la Polinesia Ruta del máximo brillo. Asombroso que todas las culturas asociaron la Vía Láctea con caminos.
El primero en identificarla fue el griego Demócrito (año 400 antes de Cristo). El primero en observarla fue Galileo con su telescopio, en 1609. La Vía Láctea, una galaxia en espiral, que tiene forma de disco con 4 brazos que se enroscan alrededor del núcleo central, el cual tiene un grosor de 10 mil años-luz. El sistema solar está en la periferia del cuarto brazo, como mota de polen.
La Vía Láctea contiene 2 billones y medio la masa del Sol, con 400 mil millones de estrellas. El diámetro de nuestra Vía Láctea es de 100 mil-años luz. Se sospecha que está rodeada de una cantidad de materia mayor que la que se aprecia a simple vista, pero que aún no ha sido detectada, es la materia oscura. Está allí, pero no se deja ver.
Nuestro sistema solar se desplaza por la Vía Láctea a 270 kilómetros por segundo, 960 kilómetros por hora. Necesita 200 millones de años para darle una vuelta. 40 galaxias más van de la mano de la Vía Láctea. Sin embargo, desde una distancia de 2 mil millones de años-luz, esas 40 galaxias lucen como un pálido puntito.
Las perturbaciones que se suscitan en cientos de miles de estrellas, hacia el centro de la Vía Láctea, son debido a la presencia de un agujero negro supermasivo, que las hace girar a todo vapor. En ese punto, el tiempo y el espacio han colapsado, debido a que la poderosa fuerza de gravedad del agujero negro los ha distorsionado a niveles incomprensibles para nosotros. Si podemos decirlo de alguna forma, allí el tiempo y el espacio se han apelmazado como un acordeón, en apoteósico tirón gravitacional que todo lo estremece, como un embudo que comprime y se traga la materia circundante en 10 mil años-luz a la redonda. Es como un colosal desagüe de fregadero cósmico que todo lo succiona hacia quién sabe dónde. Eso tan raro e inverosímil ocurre justo en nuestra casa sideral.

