Luis Pérez Casanova
l.casanova@elnacional.com.do
Quienes han osado disentir de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre la nacionalidad podrían correr la misma suerte de los infieles, judíos y herejes durante la Inquisición. No es ni más ni menos el panorama que ha dibujado la intolerancia a través de sus movilizaciones de afirmación patriótica y la repetida consigna de ¡Muerte a los traidores! Aunque los traidores no sean más que unas cuantas voces que cuestionan el impacto de la sentencia del Tribunal Constitucional (que no se ha bastado a sí misma) y que deploren el odio, el resentimiento y cualquier signo racista con que se quiera contaminar la nación.
Con brotes que se han convertido en epidemia, como los feminicidios, la violencia y el dengue, la preocupación sobre el inusitado auge de patriotismo es, por el sesgo que la caracteriza, válida. No se puede disentir y muchos menos reivindicar los derechos humanos sin exponerse a la hoguera en un juicio sumario por el cargo de traidor. Los nacionalismos son una plaga, más execrables cuando se enarbolan para colocar en la pira cabezas de periodistas y ciudadanos como Juan Bolívar Díaz y Huchi Lora solo por ejercer el derecho a disentir. Las consignas de ¡muerte a los traidores! no son un exabrupto propio del fervor.
Los panfletos que se distribuyeron con los nombres de Huchi y Juan Bolívar delatan otra cosa. Los brotes, cuando no se interviene a tiempo, suelen desbordarse, con secuelas fatales, como ha ocurrido con el dengue, los feminicidios, la violencia y la corrupción.
De no tratarse de un movimiento para intimidar, y en algunos casos congraciarse con el poder, los brotes para reivindicar el pensamiento de Duarte representarían un gran estímulo para una nación que la inmensa mayoría de sus habitantes apoyaría convertirla en colonia de Estados Unidos o España antes que preservarla como una patria independiente, libre y soberana. Si no es así, solo hay que hacer la prueba.
