El sistema dominicano de partidos políticos tradicionales espanta. Su caso, por especial, es difícil que pueda compararse. De fuerte tradición bipartidista a lo largo de nuestra historia, hasta propiciar lo impensable, el desarrollo de una tercera fuerza que, al poco tiempo, se convirtió en mayoritaria.
La coexistencia de los tres, distribuyéndose de forma equitativa el pastel, duró poco y el panorama retornó a su posición histórica, con la diferencia de que quien salió de competencia no fue el tercero que destrozó la bipolaridad, sino el que, a la muerte de su caudillo, que se las arreglaba para preservarle una cuota de poder, no pudo adecuarse a las penurias de la oposición y, de forma súbita, arrimó sus estomágos a los nuevos detentadores del patrimonio público. Su exclusiva motivación es ser irrigado por las aguas mágicas del caudal estatal.
Esas estructuras partidarias, y ahí radica otra de sus peculiaridades, han recorrido un tránsito inaudito: De diferenciarse de forma marcada por razones de naturaleza ideológica y por prácticas partidarias bien delimitadas, al aniquilamiento irreversible de las obvias fronteras que los separaban.
Hoy, en el ámbito de las ideas y de sus respectivos proyectos de nación, las distancias que median entre una y otra entidad, apenas las cubren los colores que los identifican, sus inocuas siglas y sus abandonados locales. Su único enfrentamiento, que en nada beneficia al país, se reduce a sus triquiñuelas para estafar al electorado y medrar a expensas de la perpetuidad de la pobreza nacional.
La población, por un lado, en un escenario con tal menú, queda desprovista de reales opciones, porque cual que sea su selección, los resultados serán idénticos. La dirigencia y militancia, por otro, podría serlo, sin diferencia, en este o aquél. Eso explica el constante trasiego como si se tratara de moneditas que no cesan de cambiar de bolsillos.
En ese cambalache decrépito se inscribe lo sucedido con Rafael Calderón. De referente del ineficiente gobierno del PRD, a candidato a senador del PLD. De símbolo de crítico del gobierno del PLD, a candidato a legislador por ese partido. ¿Cómo podría el tránsfuga justificar su pasado, explicar su presente y conciliar su futuro, sin recurrir a una pachotada que sólo sirva para reiterar su doblez? Estaba mal la reserva del PRD que lo privaba de una candidatura, pero no la del PLD que se la otorga y que despoja a otro de la misma aspiración. Incoherencia.
