En Santo Domingo no hay una sola calle con el nombre de Luís Alfredo Torres (1935-1992). No existe un sólo camino vecinal con el rótulo: Antonio Fernández Spencer (1922-1995); y estoy seguro que ningún instituto de enseñanza se hace llamar (aún), Mariano Lebrón Saviñón (1922).
Estoy buscando en el alicaído mapa de mi país, y no encuentro rincón ni vereda que reconozca el tiempo prestado por la Providencia, a escritores de la talla de Enriquillo Sánchez (1947-2001).
Y así lo mismo; de la de Ramón Lacay Polanco (1924-1985), Juan Isidro Jiménez Grullón (1903-1983); Andrés Requena (1908-1952); Miguel Alfonseca (1942-1994), Virgilio Díaz Grullón (1924-2001); Andrés Avelino (1900-1974), Rafael Augusto Zorrilla (1892-1937), Delia Weber (1900-1982), Abelardo Vicioso (1930-2004), Aída Cartagena Portalatín (1918-1994), Rafael Valera Benítez (1928-2001); Max Uribe (1900-1996), y Manuel Rueda (1921-1999).
Se alegará que parafraseando la salsa- no hay asfalto para tanta gente; pero no. En el mismo centro de la capital hay calles con nombres como: Zoológico, Museo del Hombre, Privada, Constitución, Lisa, Primavera, Verano, Otoño, Invierno, Ultima, Segunda, Reforma, Liberación, Campo Santo, Cañón, Muerta, Juanchíviry, Grande y Letra K.
Incluso hay dos que responden al nombre del escribidor español (otrora colaborador y luego víctima de la tiranía trujillista), Jesús De Galíndez (1915-1956); una en el ensanche Ozama y otra en el complejo habitacional del Estado, conocido como Invivienda.
Súmele otras con nombres como: Arriba, W, Mercado, Pica-Pollo, Colombia, Curazao, Cuchillo, Panificadora, Puerta de Hierro, Verde, Destilería, Oxígeno, Lotería, D, Arboleda y Punta
Pero el hecho grave no es la inexistencia de este tipo de homenaje a escritores, filósofos, artistas, héroes, sociólogos, humanistas; merecedores indiscutibles de éste y cualquier otro reconocimiento, por su aporte y trayectoria; si no que la inconciencia y el desconocimiento cultural de los regidores responsables; sea enfermedad de contagio que no produce escándalo en la sensibilidad de los munícipes ni en la propia augustísima, Sala Capitular.
No puedo negar que un día me gustaría pasear con mis hijas por una calle llamada Ramón Francisco (1929). Llevarlas a pedalear de lo lindo a un Parque de La Canquilla rebautizada como Parque Freddy Ginebra, y hacer bembita como parada ocasional en la frondosa avenida Juan Sánchez Lamouth esquina Poeta Mateo Morrison (1947); la que podría tener faroles amarillos en forma de árbol de cedro; colindante a la populosa barriada Mario Emilio Pérez (1935), entre la populosa Federico Jovine Bermúdez (1944), colindante con la Daisy Cocco De Filippis (1949); senda urbana, famosa por albergar hermosas margaritas y agradables petunias.
Cuando eso suceda, apostaría a que el tapón de la cinco nos atrapará en la calle Federico Henríquez Grateraux esquina Andrés L. Mateo (1946) y la única forma posible de aparcar cercano a la Plaza de la Cultura, rumbo a la Feria del Internacional del Libro, será accediendo a la calle José Rafael Lantigua con Tony Raful; entre la Manuel Núñez con Soledad Álvarez, fácil de llegar, por estar situada en medio del rombo superficial que aprovecha, la para entonces mejor librería del país; la Freddy Gatón Arce (1920-1994); preferida por contar con horario extendido hasta horas avanzadas de la madrugada.
Vivo en una calle oscura de poca esperanza, ausente de pestañas fluorescentes y de motivos para que los viandantes circunstanciales refieran con agrado su tránsito diario. Pocos saben que el nombre que la adjetiva es el de un gran adulador del tirano; pero me huele que algunos lo sospechan. Veré…
A la muchacha del vestido azul; al regidor del partido de gobierno; al sindico siempre risueño del principal partido opositor; al dirigente del partido de izquierda; al hombre viejo de los pantalones cortos blancos; al chico vendutero; al vendedor de periódicos; al colmadero; a la señora gorda, vendedora de tarjetas de llamadas; a los compradores de crack; a los adolescentes saboreantes de perico; a los impasibles bebedores de frías; y a esos infelices droganderos, como les tildaba la abuela; pregunté si conocían calles con estos nombres: Franklin Mieses Burgos, Lupo Hernández Rueda (1930), Guillermo Piña Contreras, Manuel Matos Moquete, Pedro Verges, Manuel Salvador Gautier, Efraim Castillo, Norberto James Rawlings (1945), o Aída Cartagena Portalatín (1918-1994).
Sólo uno respondió, extranjero y pedigueño por demás: No ombe Comando, yo soy de Balaona, pero uté tá perdiísimo; e´ta calle se llama Vía Láctea, y el residencial Tamarindo II; si quiere salíl, sigue, coja por la avenida Cilcunvalación, dobla pegaito por la Cerrada y pregunta por Tejano El Rubio; ahí en El callejón del Chimi, chocará con la calle Detacamento, ese sí te puede decir Comando. -¡Ay, mi Dios!-, pensé.

