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Calvino fundador de civilización

Calvino fundador de civilización

Juan Calvino, inspirador de la modernidad, más aún, de una civilización. Es la afirmación que aflora desde decenios en apologetas del reformador francés, y también en cientistas  sociales como Max Weber, cuya  Ética del protestantismo y espíritu del capitalismo, es aún debatida en universidades.  

¿Cómo afirmar que el intransigente reformador  francés,  instaurador de una teocracia despiadada, durante la cual  limitó grandemente las libertades (1543-1555) en Ginebra  a nombre del evangelio, sea considerado una suerte de precursor de nuestra vida moderna?

Veamos. Calvino se convierte a la religión reformada en plena crisis religiosa europea y en particular durante el acontecimiento de los afiches en 1534. En las principales instituciones y hasta en la puerta del castillo real  del rey francés  Francisco I, los protestantes estampan  epístolas injuriosas  sobre el carácter presuntamente sacrílego de la misa católica.

La represión contra el protestantismo emergente, por la pira, será inclemente  y Calvino se ve obligado a emigrar con otros correligionarios hacia Ginebra.

  En esta ciudad  desmonta el poder católico, recomienda de manera enérgica crear un estado regido por los evangelios. Su sólida formación de jurista contribuye a darle un carácter jurídico puntilloso  a los preceptos cristianos instaurados sin ambages en  el estado ciudad.

 El advenimiento del individualismo premoderno, conquista evidente del renacimiento y la reforma en el siglo XVI, está, entre otros factores, sutilmente vinculado  al imperativo protestante de relación directa del feligrés con las sagradas escrituras.

El calvinismo  desacraliza el espacio público, organiza una administración eficaz, y aunque declara la sumisión a Dios, le da una plaza central a la actividad humana profana, a veces despreciada por la  vieja Iglesia.

Es decir revoluciona la concepción del trabajo, que fue durante siglos asociado  a una penalidad, a una tarea necesaria pero inicua o solamente reconocido  en prelados y monjes.

Para Calvino el trabajo manual, las profesiones seculares, adquieren una dignidad espiritual. Más aún,  el hombre con el trabajo es “un colaborador de Dios”, intendente y gerente de los bienes terrenales; su  misión entre otras consiste en “valorizar todas las riquezas de la creación”.

Esta divinización del trabajo tendrá consecuencias insospechadas en el desarrollo del occidente, y en particular en los países donde triunfaría aun parcialmente el protestantismo calvinista: Suiza, Holanda, Inglaterra, Estados Unidos.

Ya en el siglo XVII, en Francia, donde a los protestantes se les asignó reductos confesionales, los jesuitas  admiraban su fogosa laboriosidad en el emplazamiento de la Rochelle; los hugonotes (mote de los protestantes en Francia) serán un grupo sociocultural dinámico  en el desarrollo del  capitalismo  financiero e industrial galo.  Fue empero con relación al dinero donde brillaron las consideraciones teológicas y políticas de Calvino.

Mientras con el catolicismo primaba la idea de Santo Tomas del dinero estéril y del préstamo como acción  profana impía, el reformador obra por regular este aspecto de la modernización emergente  dentro de una óptica de equilibrio social.   

Calvino tuvo consciencia del poder desarrollista de la circulación del dinero, pero también del carácter opresivo que puede acarrear una utilización prevaricadora.   Es falso como aducen algunos distraídos historiadores, que el reformador francés  haya permitido el préstamo  usurero. 

Al contrario,  para él la vida financiera debía estar regida por a) el préstamo de asistencia sin interés, en principio establecido para ayudar a los pobres y b) un préstamo de producción, dirigido a personas que requiriesen dinero para sostener una actividad.

Por ordenanza  eclesiástica el interés fue fijado a una tasa de 5 %, y condicionado, para evitar quiebras y pobreza, a la previsión de una ganancia que superase el interés. Los que practicarían la usura, es decir el préstamo con intereses abusivos debían ser excomulgados y privados de sepultura.

Es más que evidente que esta nueva dinámica de circulación  del dinero favorecería un clima mental y social propicio para el  desarrollo del capitalismo. Las muy calvinistas Inglaterra y Holanda tomarían la delantera en materia de flujos mercantiles e industrialización.

El Nacional

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