En el semblante del viejo Martín, la preocupación parecía haber sido dibujada por uno de los pintores clásicos del Renacimiento. Su patética expresión denunciaba el conflicto interno que lo apremiaba.
Tenía que tomar una decisión, y no atinaba cual, ante las continuas quejas sobre las travesuras de Careto. Ya él tenía conocimiento de algunas, pero la que le contó la señorita Poueriet, la maestra de la escuela de la comunidad, consideró que era el colmo.
Cuando lo compró en ciento cincuenta pesos, precio de la primera puja en la subasta de fin de año, luego de que nadie ofreciera más, sólo le dijeron que era hijo de dos ejemplares árabes de pura raza.
Nadie lo quiso por feo. Sin embargo, lo que le encontraban feo los demás, fue lo que más le gustó a don Martín.
La alegada fealdad de Careto era algo subjetivo, si se tiene en cuenta el concepto que sobre el particular tiene Ángel Lacalle. Careto era un espécimen raro, pero único. Al viejo, no sólo le agradó el potro, sino que se identificaba con sus bríos.
Se comparaba con él cuando se acordaba de sus conquistas. ¡Cuánto garbo y vehemencia había en su cortejo! En el acelerado torrente de su sangre se podía estimar el frenesí de sus ganas.
Y, cuando todo estaba consumado ¡Con cuánta ternura lamía la vulva chorreada por el intercambio de flujos de los sexos!
Negro azabache, con el rostro encarnado desde el centro de la frente hasta los despigmentados belfos, y con alzada de un metro setenta, para don Martín, Careto era un caballo hermoso. Por el pecho erguido y desafiante se apreciaba su orgullo, mientras que de la ardiente pasión que llevaba en sus genes daba fe su desbordante corazón, que como empujado por una fuerza sobrenatural, siempre estaba a un tris de romper su caja toráxica.
Sus ancas musculosas, sostenidas en patas delgadas y firmes como sus manos con pezuñas color betún y brillo reluciente, eran imponentes.
El viejo estaba orgulloso de su caballo, pero muy contrariado. Cuando llegó a la casa, hasta se le olvidó el beso que acostumbraba darle a Altagracia. Ella, que lo conocía, cual si hubieran vivido siempre juntos, no le reclamó; se limitó a escuchar la forma respetuosa en que le habló directamente a Pachén, hombre de su entera confianza, y quien se ocupaba de mantener en plenitud de forma corporal y delicado aseo, a su mimado corcel:
_¿Cómo, y por qué sucedió lo que me acaba de contar la maestra? Le dijo don Martín en tono firme, pero considerado. Y, Pachén, que ya se había disculpado con la jamona por la reacción de Careto ante la potranca en celo del párroco, le contestó: — Mire patrón, esa santurrona lo que quiere es oír que se comente que ella vio cómo, de manera apasionada, Careto poseyó a la potra del señor cura.
¿Por qué no le dijo que los dos, con indiscreto interés, disfrutaron el ayuntamiento? Los ojos de la maestra, patrón, estaban desorbitados, pestañando al mismo ritmo del vaivén de sus caderas que a veces terminaba en estertores; como quien se va de este mundo sin querer regresar nunca jamás. Yo le aseguro que ella gozó más que la yegua; y yo, más que Careto. Del cura sabe Dios. Y continuó: _ Lo que sí le digo es una cosa, don Martín. Cada vez que se habla del asunto parece que las ganas se le revoltean. Yo no sé cómo le llaman a eso la gente que sabe de letra; pero, a la maestra se le ponen los ojos brillosos, y como que se encandilan; la lujuria parece que no le cabe en el cuerpo.
Yo creo, Patrón, y que el Señor me perdone si peco con esto, que ella, cuando le llegan las ganas, lo que desea es entregarle su antigua virginidad hasta al mismo diablo.
Y para motivar la autoestima del viejo, le dijo con sorna: — Ya quisiera ella que un macho de hombre como usted le empuje la verga como le metió la suya Careto a la yegua del cura. ¡Eso había que verlo! ¡Cómo sentía Patrón! ¡Cómo gozaba esa hembra! ¡Cómo! La última vez por poco habla y grita.
?¡Como gritan las putas cuando el gusto se hace placer y se adueña del cuerpo! Y eso, continuó Pachén, que yo no le he contado lo que pasó con la mula de Pililo en el corral del ordeño, bajo la jabilla grande. Como usted sabe, las mulas no paren ni sienten; más, como si fuera gente, Careto quería que la mula sintiera. Yo mejor no sigo Patrón, eso había que verlo
?El viejo Martín, después de escuchar la insinuación de Pachén, no pensaba en otra cosa. — ¿Qué sería lo que sucedió en el corral tan interesante? Se preguntaba, una y otra vez. — ¡Qué raro que nadie me haya comentado nada!
Interrogante y reflexión se confundieron en los adentros de don Martín, sin contrariar la picardía propia del que construye con su imaginación lo que hubiera querido vivir.
No obstante, el viejo no demostró interés desmedido en el asunto, y le dijo a su fiel capataz que de todas maneras había que ir pensando en ponerle régimen a Careto, porque él no estaba dispuesto a terminar sus días entre quejas, ni denuncias ni querellas.
Pachén se marchó en silencio. Y el viejo, asediado por la curiosidad, esta vez entre dientes, se dijo: ¿qué sería lo que pasó en el corral?
El tono austero de don Martín era tan habitual que a nadie sorprendía, mucho menos a su mujer. Pero eso de hablar de sus últimos días, le caló el alma a Altagracia.
A pesar de que le doblaba la edad con una ñapita, no olvidaba que ella probó los encantos de la felicidad, cuando él la hizo mujer después de entibiar dulcemente con su aliento el portal de su vagina, y penetrarla hasta las entrañas con ardiente lascivia.
Poco antes del Rosario, como acostumbraba, Pachén apareció riendas en manos con Careto recién acicalado. El corte de la crin y de la cola y el cuidado de sus manos y sus patas, parecían la obra de estilistas. El brillo del pelambre deslumbraba. El viejo Martín se sintió complacido, y sonrió amplia y morbosamente.
Como a quien la suerte le sonríe y se le renuevan los ánimos. De inmediato, consciente de su condición decadente, apuró el cachimbo. El placer que le proporcionaron las repetidas bocanadas, lo indujo a recordar la insinuante alusión del capataz, y comenzó a fantasear con las ganas descargadas por Careto en la vagina indiferente de la mula de Pililo.
Acto seguido, con la prisa que demanda la urgencia, se incorporó; se dirigió al dormitorio; se buscó en el espejo, y pensó en su aseo y en lo poco que le importaba ya, si Altagracia aún lo amaba.
Sin embargo, ella, que también apareció reflejada, buscó un ángulo que a más de destacar la prominencia de sus senos erectos, revelaba la voluptuosidad de sus redondas nalgas, provocando la ya despierta sensualidad del viejo, asaltado por el asombro. Sólo atinaba a preguntarse por qué le daba importancia a las travesuras de Careto, si eso que veía a su espalda seguía siendo suyo.
Como si le hubiera adivinado el pensamiento, Altagracia le guiñó un ojo; y como quien sí quiere la cosa, cayó en brazos del caballo que tenía en casa. Con las piernas abiertas, y jadeante por el placer que le esperaba, empezó a soñar despierta Algunos minutos después, el relincho fantástico de Careto se unió al grito amante de don Martín, y la regresaron del éxtasis sublime que jamás pudo olvidar.

