Opinión

Carta a Trujillo

Carta a Trujillo

Estimadísimo Jefe:

Muchas veces se lo dije: es necesario el equilibrio entre militares y civiles, porque sin ese equilibrio nada podrá ser posible, salvo la vuelta a los comienzos de los treinta, en que la macana tenía que ser dura, como la implementada con la infame pandilla “La 42”, repartiendo foetazos y la construcción del centro de torturas de Nigua, con sus espinosos y hediondos hoyos. Liberalizar el régimen podría ser, también, un subterfugio, un remanente de lo que se podría —o no se podría— hacer en materia de política interna para beneficio del consumo externo, por lo que debe pensar atinadamente sobre la construcción de esa llamada “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”.

¿Para qué una “Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre”? ¡Límpiese donde le parezca con el mundo libre! Eso es pura utopía.

El mundo libre no existe ni existirá nunca. ¡Podría leerle a Platón, a Thomas Moore, a John Milton, a todos los que anhelaron los paraísos perdidos! El mundo libre es una ilusión ¡No tema por apretar el látigo, que Perón lo hace en Argentina, y los lloriqueos sólo los escuchan las ánimas errantes! Lo mismo hace Rojas Pinilla, en la Colombia de Jorge Isaacs, o Pérez Jiménez en la de Rómulo Gallegos.

La conciencia del hombre es perfectible, tal como este hoy, amado Jefe. Los paradigmas se trastruecan, mudan, se esconden, ensamblan y enmascaran unos en otros. La conciencia de los suecos estallaría de sonrojo frente a ciertas imágenes de nuestro folklore y lo risible de este fenómeno resultaría igual de volátil y espantoso desde aquí hacia allá.

Y aquí estoy yo, Jefe mío, yéndome para siempre y usted me sustituirá con Balaguer o Bonnelly, a los que tendrá que corregir de su encerrona, al primero, y de sus traumas al segundo. Los demás no cuentan. Esos cómicos y aduladores no podrán batear un hit o anotar un gol en ninguno de los estadios de su reino.

Tal vez “Ojo Mágico” Paulino, con sus talentos naturales y desciframientos sincréticos, pueda ejercer la labor de capataz sustituto en este recinto inexplotado; pero las intrigas que se tejen alrededor de sus huellas, terminarán por hacerlo estallar como un cohete chino.

Por eso, amado Jefe, de todos ellos el monje de Navarrete aparenta ser la marginalidad encendida, la lateralidad siniestra para extender el albor de su Era y valor histórico. Están también los militares.

Pero esos se escudarán detrás de los uniformes y sus existencias no soportarán la desnudez de una vestimenta civil: son reptiles que serpentean bajo la sombra de las grandes mentes; por eso serán incapaces de subir al más infame de los vagones de la historia en busca de brillos propios. ¡Téngales cuidado, Jefe amado, que sus aparentes valentías se escudan siempre en labores de zapa y son ellos los que dan la estocada final, esa que detiene los saltos de la historia!
Alberto Monegal, 1954.

(Fragmento de mi novela “El personero”).

El Nacional

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