Yuyo, mi amigo
Señor director:
En el verano de 1960 monseñor Luigi Ligutti, observador de la Santa Sede ante la FAO, con sede en Roma, organizó el Congreso Católico de la Vida Rural, realizado en la celestial altiplanicie de Los Teques, Miranda, vecino a Caracas. Allí fui invitado para presentar una ponencia sobre el candente tema del momento: La Reforma Agraria en Cuba, materia de mi tesis de Licenciado en Ciencias Sociales que había obtenido en Roma el año anterior.
En un intermedio, se me acercó el doctor Guido DAlessandro Tavárez, dominicano exiliado y perseguido por Trujillo. Mire, nosotros queremos derrocar a Trujillo pero tememos que nos suceda igual que en Cuba, que suba otro Fidel Esa frase inició entre nosotros una amistad que duró hasta su muerte.
La prensa ha destacado la ambivalente y divergente posición de Yuyo, quien, por un lado era concuñado e íntimo amigo de Ramfis Trujillo, y por el otro era sobrino de Manolo Tavárez Justo.
Virilmente se irguió sobre sus propios pies y enfrentó a uno y a otro para marchar airoso y con garbo por el camino real de la democracia. Por eso, Yuyo fue singular cofundador aquí del Partido Revolucionario Social Cristiano, cuya consigna: el machete verde, destrozaba los remanentes del trujillato y desbrozaba la mala hierba para fomentar el cultivo de una fecunda cosecha de democracia institucional y social.
Al momento de la división Yuyo se erigió como líder de la llamada Línea Blanda, de espíritu sensato y conservador.
Su trayectoria en la política y el coopertivismo es conocida. Destaco que Yuyo demostró su ilimitada confianza hacia mí, aquella madrugada cuando, aporreó la puerta de mi habitación para urgirme que lo acompañara al Centro Médico UCE, porque Josefina, su esposa iba a dar a luz y su experto ginecólogo el recordado doctor Guarionex López Rodriguez, le pronosticaba poco tiempo de vida al neonato. Yuyo insistía en que yo lo bautizara. Se retrasó el parto, y me pidió que fuera a dormir a su casa para que, en su momento, saliéramos a bautizar al recién nacido. Lo complací.
Por esa hermandad, cuando asistí al velorio de Yuyo, los abrazos prolongados, de Guiducho, Gina, Giovanni, Giancarlo y Giusseppe me encandilaron hasta exclamar: mis hijos, mis hijos palabras que aceptaban con cariño.
Atentamente,
Francisco Dorta-Duque
Santo Domingo

