El PRD
Señor director:
Evidentemente, en el ámbito de nuestra comunidad ha surgido en los últimos seis meses, un inocultable antagonismo entre el derecho a la expresión de opinión subjetiva e igual derecho a la opinión objetiva, en lo relativo a que los primeros piensan que si el PRD finalmente se convierte en un insignificante partido residual, esto, según los interesados, sería una tragedia para la democracia.
Otros pensamos que eso es contrario a la razón, porque jamás un sistema político ha fracasado por el hecho de que una de las organizaciones que lo integran no comprenda racionalmente que el capricho de dos de sus dirigentes no es categoría política, y si no alcanza ese nivel, es erróneo suponer que la democracia vaya a sufrir una disrupción por causa de las actitudes conflictivas del PRD.
Muchos ciudadanos sospechamos que los dirigentes del PRD no han considerado que el grueso de su obstinación en lograr imponerse unos a otros descanse en el exceso de propaganda con la cual saturan los medios de información. No han dado crédito a lo que dijera el dramaturgo francés Jean Anouilh, en su obra teatral La Alondra, (1953): «La propaganda es un arma blanda: si la sostiene demasiado tiempo en la mano, se moverá como una serpiente y acabará en otra dirección».
Cuando un partido deja que su propia constelación propagandística sobrepase sus objetivos supraindividuales, terminará dando vigencia a muchos micromundos individuales y estos hundirán sus raíces tan profundamente que luego cada miembro expresa el delirio de creerse un gran jefe político y por lo tanto con credenciales presidenciales.
Si damos por cierto lo que escribiera el psiquiatra alemán, L. Binswanger, en La enfermedad del delirio: «La existencia humana, se ha asentado en el delirio, no en la realidad», es inquietante para la armonía y permanencia de cualquier grupo humano cuyos miembros especulen de manera independiente sobre su integridad interna porque una vivencia delirante en asecho puede imponerse y cambiar los esquemas de dirección hasta el punto de que resulte casi imposible un entendimiento práctico entre sus dirigentes.
La sensatez llama al resto de la sociedad no perredeísta a que no se asuste porque el PRD finalmente se desintegre, ya que ese partido ha cometido, como dijera el poeta Reiner Rilke, el único pecado imperdonable: «la impaciencia», llevado por la propaganda.
Atentamente,
Dr. Pedro Mendoza.
Santiago.

