Justicia en llamas
Señor director:
Estoy seguro de que mucha gente deja volar su imaginación hasta quedar presa del embeleso, contemplando tal vez como las llamas de un voraz incendio devoran los edificios que alojan las oficinas que juegan el rol de grandes graneros, donde se guarda la fructífera producción de la Justicia dominicana.
Algunos tal vez se irán más lejos y le buscarán un puesto a nuestra Justicia entre las llamas del infierno, sobre todo, los que han tenido la oportunidad de leer un cuento que circula en la red mundial, donde un pedazo del cielo cayó sobre una parte del infierno dañando severamente los predios y propiedades que Satanás tenía en el área afectada, lo cual generó un gran arrebato de ira en satanás, quien procedió incoando una demanda contra el Cielo.
Cuando Pedro se enteró de la demanda, se dirigió al despacho de Dios para ponerlo al tanto. Cuando Dios lo notó preocupado, le preguntó intrigado por el motivo y Pedro le contó. Dios le respondió muy plácida y tranquilamente: No te preocupes Pedro, responderemos a esa demanda de la debida manera, ve y busca el mejor abogado y deja en sus manos la solución del caso. Pero Pedro le volvió a mirar, diciendo: Señor, pero si eso es lo que me preocupa, es que en el cielo no hay ni un abogado, yo sé que esta noticia es muy dura para ti, pero todos están en el infierno.
Por el título de este escrito, ya lo he dicho, sé que son muchos los que pensarán en las llamas del fuego físico que todos conocemos, o en las llamas del infierno que sólo nos imaginamos, pero no, me refiero a algo peor.
Me refiero a las llamas que en estos días provocan el crujir de dientes y agitan las conciencias de muchos de quienes llevan sobre sus hombros la responsabilidad y la sagrada misión de impartir justicia y que, ciertamente la imparten a quien mejor les paga. Me refiero a las llamas del insomnio que atormenta día y noche y devora los ojos de aquellos tantos abogados, jueces , fiscales y otros miembros del tren judicial, que erigen grandes altares, y ruegan a los santos para que a ninguno de los días pertenecientes al mes que le falta a este año, se les ocurra soltar el fuego que llevan escondido tras la lengua, provocando así que sus aterradoras llamas, pudieran incendiar y llegar a devorar hasta el trono mismo de sus sacros altares y que nunca más el calendario de la nación, pueda volver a recoger entre sus páginas ningún otro año, al cual le falte uno de sus meses.
Atentamente,
Dignaldo Matos
Santo Domingo

