Ataques
Señor director:
¿Cuándo celebrar una fiesta en un país se convierte en un riesgo, en un pecado, casi en un delito? Esa es la pregunta que sin dudas se hacen hoy los organizadores de eventos en Estados Unidos. Por lo que sucedió en el maratón de Boston y por lo que sucedió también en la celebración del Día de las Madres en Luisiana.
Diecinueve heridos, varios de ellos de gravedad, y no hay forma de que se aplique alguna fórmula preventiva, alguna medida que contribuya a hacer cesar esos ataques.
Si es preciso, hay que realizar una labor de inteligencia acorde con lo que los contribuyentes pagan para estar seguros, porque en Estados Unidos todo el mundo paga sus impuestos y el Estado puede ceder en cualquier caso, excepto en la evasión de esos impuestos.
La posibilidad de organizar un evento, hace que miles de personas tengan espacio para el solaz, tengan un lugar donde acudir a relajarse, a sentirse mejor, a botar el golpe del estrés que produce el trabajo diario. Porque la gente de hoy tiene que trabajar mucho para poder mantener un nivel de vida siquiera aceptable.
No es que los embajadores de otros países tengan que decirle a la gente que no visite Estados Unidos, pero lo cierto es que si los ataques continúan, si siguen siendo tan frecuentes los bombardeos y las balaceras en lugares donde tiene lugar un encuentro masivo, no son los embajadores ni las policías del mundo que van a espantar a los turistas, son los mismos turistas los que van a espantarse.
Además, no se entiende que las cosas pasen y nadie pueda decirle a la gente quién fue. Luego, se desatan las especulaciones, y no pueden las autoridades alegar que la gente inventa o que alguien pone a circular rumores con evidente mala intención. Es que los hechos pasan y la gente, cuando no encuentra explicación atinada, tiende a darles la que considere que puede ser.
La desconfianza ciudadana es peligrosa en cualquier país. Y no es que uno quiera darles lecciones a quienes diseñan estrategias en Estados Unidos, es que la realidad cualquiera la ve, y a nosotros, los dominicanos, que tenemos millones de compatriotas allá, no nos puede ser indiferente.
Atentamente,
Graciela Recio.
Santo Domingo.

