Opinión

Catalejo

Catalejo

El escaso avance democrático que ha obtenido el pueblo dominicano ha sido por sus intensas luchas sociales y políticas, haciendo ceder en cada momento histórico la resistencia del poder hegemónico de la oligarquía y el imperio.

La disputa entre liberalismo y conservadurismo se libra desde los albores de la República, marcada por la arritmia —avances y retrocesos—, preservando la dominación oligárquico-imperialista.

Al término de la II Guerra Mundial (1945), EEUU y aliados lograron la supremacía económica y militar, favoreciendo la contradicción entre liberalismo y conservadurismo, pese al impacto de la Revolución de Octubre (1917).

Mucho antes (1823), EEUU y el Gobierno Imperial Ruso habían acordado la repartición del mundo, mediante la “Doctrina Monroe”, elaborada por John Quincy Adams y presentada por el presidente de EEUU James Monroe, quien gobernó entre 1817 y 1825.

“América para los americanos” devino en que americano sería alusivo a los estadounidenses, no así para todos los que habitan estas tierras, alertando Rubén Darío que EEUU sería el “…futuro invasor de la América ingenua…”.

Ese imperio instaló a Trujillo en el poder (1930), tras ocuparnos militarmente (1916-1924), y a otros dictadores en “esa América que tiembla de huracanes y que vive de Amor”, relegando la modernidad y democracia.

A ella se aspira en los países de nuestra América, y en muchos de ellos gobiernan aún “liberales” que garantizan el inmovilismo social y los intereses de ese bloque dominante, aunque en otros han sido superados. 

Aquí, el neotrujillismo-neobalaguerismo es la savia del poder. En los puestos públicos están los remanentes políticos y militares que nos legó la “Era” el “perínclito de San Cristóbal” y del “hijo pródigo de Navarrete”.

El Nacional

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