Opinión

CATALEJO

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Anulfo Mateo Pérez

Infidelidad y cultura.-

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El “set de actitudes” ante la infidelidad conyugal no varía mucho de una sociedad a otra en nuestro tiempo, pues es una cuestión de consenso ante esa práctica; sin embargo los estándares culturales varían de una realidad a otra, desde el punto de vista evolutivo y cultural y en el sentido antropológico.

Los celos son una expresión de significativos desajustes en la relación de pareja; si no son abordados y resueltos, pueden constituirse en la base de lo que hoy se conoce como violencia de género o intrafamiliar.

La repercusión llega a conflictos legales y perjuicios económicos; destruirán así la sana relación emocional y darán al traste con la convivencia e integración familiar y en ocasiones con las vidas de la pareja.

El lógico reclamo a la fidelidad, generado por “extravíos amorosos” reales o imaginarios de uno o ambos, es un mecanismo de compensación psicológica cuando se ha lesionado la autoestima del “agraviado”.

En nuestro medio, pese a su desequilibrio androcéntrico, el respeto a la fidelidad (en su doble dirección), sigue siendo una condición indispensable para una adecuada relación, si está fundada en el amor.

Debemos diferenciar entre los celos propios de la infidelidad demostrable y los llamados “celos patológicos”, secundarios a trastornos emocionales menores o a una alteración mental de mayor complejidad.

Los celos patológicos pueden ir desde la inmadurez de la personalidad hasta alteraciones psicológicas de alta significación médica, los cuales pueden terminar con los vínculos de noviazgos o conyugales.

Es común que parejas en conflicto por los celos (por infidelidad real o ficticia), estén sometidas a una relación pendular, caracterizada por separaciones tormentosas y reencuentros “felices”.

El Nacional

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