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CATALEJO

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Anulfo Mateo Pérez

Ruido y salud (4 de 4)
Los sonidos fuertes, que contribuyen a la contaminación acústica, evocan una respuesta primitiva e involuntaria del cerebro humano; esta reacción consiste en que el cuerpo se “prepara” para la “guerra” o para “escapar” rápidamente (como sus antepasados) y la adrenalina aumenta en el torrente sanguíneo.

El estrés producido por los ruidos estimula la liberación de cortisol y adrenalina, provocando la liberación de triglicéridos y ácidos grasos libres, que con el tiempo pueden aumentar el colesterol LDL.

El aumento de la adrenalina en el torrente sanguíneo provoca que los vasos respondan contrayéndose y el corazón comience a latir más rápidamente, aumentando el pulso arterial y la presión sanguínea.
Asimismo, los músculos se contraen y las pupilas se dilatan con el fin de enfocar mejor al “ruidoso enemigo”, y dar las respuestas al nivel que ameritan las “amenazas” a su seguridad y supervivencia.

El aumento de la presión sanguínea, irregularidad en los latidos y en la circulación, pueden aumentar los niveles de colesterol y llevar a la hipertensión, lo que podría aumentar el riesgo de males cardíacos.

Es de urgencia regular y controlar de forma efectiva la contaminación sónica, penalizando con energía a los infractores y obligándolos a eliminar las causas que producen los ruidos, que perjudican la salud de todos.

Para combatir la contaminación sónica, la cultura de la “bulla”, el imponer el irrespeto a la tranquilidad de los demás, más allá de las leyes y sanciones, es preciso desarrollar programas educativos en las escuelas.

Los medios de comunicación tradicionales, las plataformas digitales, las redes sociales, entre otros, deben ser aprovechados para educar a la población respecto a la contaminación acústica y sus consecuencias.

Por: Anulfo Mateo Pérez

anulfomateo@gmail.com

El Nacional

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