Alguna vez se dijo que la dignidad y la política nunca iban de las manos, pero en realidad lo que se debe precisar es que la politiquería, que es otra cosa, jamás podrá ir acompañada del honor.
En tiempo de campaña brota a borbotones toda la podredumbre de la partidocracia, por lo que no debe sorprender lo que ha sucedido antes, durante y después de la convención del Partido Revolucionario Dominicano (PRD).
Los precandidatos peñagomistas, ayudados por sus bocinas, se han descalificado en términos políticos, con argumentos que deben ser materia de expedientes para los tribunales.
Y en el frenesí de sacarse trapitos sucios, se llevan entre las patas de los caballos a viejos robles o notables perredeístas, designados para organizar y dirigir la mentada convención nacional.
Se restriegan en el rostro, que, uno y otro, tienen vasos comunicantes con el presidente Leonel Fernández, a quien pretenden suceder en el puesto y dicen aborrecer.
Se acusan de tramposos, de enemigos de su propio partido o de usar la organización para fines meramente económicos.
Y mientras eso sucede, el país es llevado a una profunda crisis por el gobierno pele-reformista, que nos recuerda el desastre encabezado por Hipólito Mejía (2000-2004), a quien le sirvió Miguel Vargas como ministro de Obras Públicas.
En el sainete montado por el PRD, se escucha la ventriloquia mediática de Leonel Fernández, usando a tránsfugas y viejos profesionales de la división, pulsada desde Palacio y amplificada en el PRD.
A veces los árboles no dejan ver el bosque. Eso de que Hipólito es el candidato de Leonel, impide ver, que el verdadero candidato de Fernández es un PRD dividido y disperso, que le facilitaría una nueva reelección; como en los tiempos del balaguerato.

