La farsa electoral del pasado domingo no podía ser más desastrosa para la partidocracia. El llamado a las urnas recibió una abstención que superó a los votantes y el fraude se impuso a su propia legalidad.
Resultaron electos politiqueros más ilegítimos que los actuales y es mucho decir. Legisladores capaces de estuprar nueva vez la Constitución, con la idea de perpetuar a Leonel Fernández en el poder.
Todo transcurrió en un marco legal electoral excluyente y con una Junta Central Electoral al servicio del partido gobernante y en mucha menor cuantía al que con eufemismos dice jugar el papel de opositor.
El triunfo avasallante del PLD fue mediado por un fraude descomunal, exhibiendo debilidades éticas y desarraigo político, cónsono con su gobierno corrupto, autoritario y despilfarrador del erario.
Orquestó maniobras fraudulentas mayores y menores, inteligentes e ingeniosas; otras francamente burdas, que seguirán siendo desveladas al paso de los días.
El PLD compró voluntades, estimuló el transfuguismo y chantajeó hasta en sus propias filas. Logró conformar a nivel nacional juntas electorales a sus servicios. Así barrió a sus contendores.
El PRD vio diezmado su capital electoral, víctima de las triquiñuelas oficiales y de su propio retroceso ideológico, sumido junto al PLD-PRSC en el conservadurismo neobalaguerista.
A los grupos denominados de izquierda, que sueñan con avanzar junto a ellos, les esperan momentos difíciles, si insisten en una alianza marginal sin fundamentos programáticos, políticos y éticos.
Ahora, el gran reto es convertir esa gran abstención electoral, y a los que votaron confiados en un futuro mejor, en una fuerza política capaz de vencer a esas organizaciones que hoy representan lo peor.

