Como si todos llevásemos crespones negros en el sombrero, en señal de luto por la falta de nuevas versiones noveladas sobre crímenes de Estado, un investigador privado y fecundo escritor ha respondido a la nostalgia.
Más Sherlock Holmes que Sir Arthur Conan Doyle, ha tocado una tecla muy sensible al retorcer la verdad sobre asesinatos cometidos por gobiernos de Joaquín Balaguer, quien resulta exculpado en sus recuentos.
Atribuir la muerte de Orlando Martínez (17 de marzo de 1975) a la Gulf and Western, a secas; y el secuestro y aniquilamiento de Narciso González (26 de mayo de 1994) a un suicidio, es una injuria a la conciencia nacional.
En el caso de Orlando, el mismo Balaguer tuvo que admitir que se trató de un crimen de Estado y como ardid, para evadir la responsabilidad de su gobierno, dejó su famosa página en blanco.
En cuanto a Narcisazo, se conoce de su peregrinar en estado agónico por instalaciones represivas, acompañado de sus captores.
Orlando y Narcisazo fueron firmes críticos de Balaguer. Sus plumas combatieron el sicariato militar y parapolicial de la época, la corrupción y la intromisión imperial en el país.
El enclave fascistoide de entonces, ya había secuestrado y asesinado al periodista Guido Gil (17 de enero de 1967) y ejecutado al también periodista Gregorio García Castro (28 de marzo de 1973).
Pero además, decenas de jóvenes de izquierda fueron asesinados durante los 12 años, con el concurso de la CIA y las multinacionales afines, incluida la Gulf and Western, por supuesto.
Puntualiza José Martí: «Odio la pluma que no vale para clavar la verdad en los corazones y sirve para que los hombres defiendan lo contrario de lo que les manda la verdadera conciencia, que está en el honor, y nunca fuera de él».

