Se acorta el tiempo para que la República Dominicana celebre su fiesta de la democracia, donde se escogerán como siempre a los que blanden con fuerza el látigo viril del toro.
Por las amplias garantías constitucionales y políticas, podríamos escoger entre blancos y morados, liderados por impolutos tocados por la misericordia para perdonar a multimillonarios hechos al vapor.
Eso sucede en este inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol, donde si Diógenes el cínico aparece con su lámpara al mediodía, los que gobiernan o han gobernado dejarían el limpio.
Gracias al capitalismo y a su partidocracia vivimos en paz, con equidad e inclusión social, de género y, además, con derecho a expresarnos libremente pero con gobernantes sordos del oído izquierdo.
Disfrutamos una democracia, con una mayoría de inconformes empedernidos que tiene la opción de protestar con el estómago vacío o amasar fortuna si juega y tiene la suerte de pegarle al gordo.
Es un paraíso de oportunidades, donde un personaje de tiras cómicas puede ocupar puestos públicos, erigir emporios y crear fundaciones para ayudar a los que en prángana antes fueron sus iguales.
No importa que legiones no sepan leer ni escribir, ni tengan trabajo; reciben del Estado el subsidio para la hartura de un día, a cambio de ejercer el derecho de votar por el partido oficialista.
La corrupción es parte del progreso, porque se ha democratizado entre los descuartizadores de la res-pública. Los mismitos que constituyen el Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
Pese a todas esas linduras, «éste es un país que no merece el nombre de país. Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura, donde existe un pacto de sangre de la partidocracia, llamado borrón y cuenta nueva.

