Châteauroux, Francia, EFE. Mark Cavendish sumó ayer su decimoséptima victoria en el Tour de Francia y se convirtió en el octavo ciclista que más triunfos ha logrado en la centenaria historia de la ronda gala, un camino que a alta velocidad le conduce derecho a la leyenda del ciclismo.
El ciclista de la Isla de Man logró hoy en Châteauroux su segundo triunfo en esta edición, en la misma cuidad en la que en 2008 abrió su palmarés.
Lo hizo un año después de lograr la primera victoria del año pasado, un triunfo que se le resistió y que, una vez logrado, le hizo derrumbarse en lágrimas ante las cámaras de televisión, mostrando un rostro tierno de un ciclista siempre percibido como el «bad boy» del pelotón.
La luna de miel de Cavendish con el Tour de Francia comenzó en Châteauroux. Tenía entonces 23 años y era un desconocido y descarado jovenzuelo procedente de la pista que logró colarse entre los mejores. Por si quedaba alguna duda de que había venido para quedarse, ese año ganó tres etapas más, al año siguiente seis y en 2010 otras cuatro.
Dominador de los esprint en los últimos años, el ciclista ha compaginado su carrera en la ruta con incursiones esporádicas en la pista, para disputar mundiales y Juegos Olímpicos. Así ganó el Mundial de americana en 2008, algo que había conseguido en 2005.
El camino a la leyenda lo ha forjado con una potencia extraordinaria, la de un llegador al viejo uso que apenas se molesta en tratar de superar las montañas.
Ese poso de grandeza lo acompaña Cavendish de una personalidad explosiva y descarada que le ha llevado a multiplicar los enemigos en el pelotón.

