Escribo con el corazón estremecido de incertidumbre. Lo hago, respirando con precariedad el aire enrarecido que se produce entre nosotros en días previos a procesos electorales. Esa circunstancia pone de manifiesto tres circunstancias: Fragilidad de nuestra democracia; marrullería competitiva del PLD y ausencia de un arbitraje idóneo.
Sueño que al ser publicadas estas líneas pueda leerlas sintiendo la profunda satisfacción de que eran infundados todos mis temores, que no eran solo míos, sino de una gran legión de dominicanos que percibía las dificultades creadas adrede para que no se produjera la correspondencia entre la voluntad popular y el resultado anunciado por unas autoridades electorales pendientes de reconquistar la confianza pública.
Cuando reflexiono sobre el hecho de que el partido de gobierno, responsable de ese estado generalizado de perturbación social, es el mismo creado por un demócrata a carta cabal como Juan Bosch, me siento entristecido al ver el destino que le reservó la historia a sus dos frutos institucionales principales.
Para nada es descartable que, de haberlo permitido el inexorable paso de los años, Don Juan hace tiempo que se hubiese embarcado en la creación de un tercer partido.
¿Podría afirmarse que en algo falló el maestro, que al primero tuvo que abandonarlo por haber agotado el ciclo histórico para el cual fue fundado y el segundo fue destripado en sus esencias para convertirlo en una efectiva maquinaria de enriquecimiento al vapor de un discipulado traidor? No lo creo. Pienso que su ejemplo no estaba llamado a fructificar en su época, sino a sembrar una semilla concebida para germinar en el porvenir.
Líderes de su dimensión no tienen su puerto de destino en las costas de unas elecciones, sino en los atracaderos de futuras generaciones.
El proceso del domingo, cuyo desenlace no debió estar sometido a las premoniciones pavorosas que lo precedieron, puede tener la virtud de revertir la infausta separación que se produjo entre Bosch y Peña Gómez y que, a tantos que constataron el testimonio de sus vidas, les sirva como paradigma irrenunciable.
En fin, ojalá este martes sea el segundo día de serena celebración por el resurgir de una esperanza al agotarse una jornada que debiera siempre ser la culminación de un festín, el de la democracia.
De materializarse los tétricos presagios, que sus autores se preparen para sentir la repulsa colectiva de un país que, hastiado, empezó a demandar el respeto irrestricto de sus decisiones mayoritarias.
Por.Pedro P. Yermenos Forastieri
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