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CINE & SOCIEDAD

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‘Bastardos Sin Gloria’

Lo interesante del cine de Quentin Tarantino es que en él no hay espacios ni lugar para la indiferencia. Tarantino es de esos realizadores que se aman o se desprecian. Sin medias tintas ni ambigüedades.

Esa constante ha quedado evidenciada una vez más con su más reciente film “Bastardos Sin Gloria’. La película atrapa, aturde y provoca al espectador sin piedad. Y sobre todo, deja bien claro, desde la misma primera escena, que estamos una producción netamente Tarantinesca.

Aunque no he sido un abanderado de sus películas, con la excepción, por supuesto, de ‘Pulp Fiction’ y ‘Reservoir Dogs’, he de reconocer que eso es precisamente lo que se llama poseer un estilo. El cual es captado instintiva e inmediatamente.

En “Bastardos Sin Gloria’ Tarantino ha construido una opereta tan fantasiosa y ridícula como delirante. El film no se detiene ante nada, –en términos de violencia, rigor histórico o frenesí estilístico–. Su  acción se ubica en Francia en plena Segunda Guerra Mundial, pero aquello es sólo un teló utilizado como marco de unas escaramuzas que translucen una venganza judía que nadie había podido ni siquiera imaginar. La trama narrada en capítulos y bajo la óptica y estructura del Western, concentra y funde los esfuerzos de un grupo de ‘bastardos’ –soldados judíos liderados por Aldo Raine (un Brad Pitt bufón y caricaturesco), dedicados a torturar y asesinar cuantos nazis encuentren a su paso– y los planes de venganza de una sobreviviente judía de una matanza.

La  película arranca de forma cautivante con la presentación del coronel Landa (Christoph Waltz), un sabueso nazi ‘cazador de judíos’ que presume de saber pensar como tal –sensacional caracterización de Waltz que se erige como el principal valor de la película–, pero  al cabo de unos 20 minutos el film da un giro de 360 grados, y aterriza de improviso en el terreno de la farsa y la comedia negra. Visualmente cautivante, pero al mismo tiempo inconsistente y demasiado tendenciosa. El filme entretiene, a pesar de que no deja de tener sus huecos narrativos. En particular resalta su carencia de ‘vida’ y sentido humano.

El Nacional

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