Nadie pensó después del estreno de Batman and Robin en 1997 que la franquicia volvería a ser redituable alguna vez. Aquel film pareció el epitafio definitivo a una saga que llegó exhausta y a todas luces sin futuro alguno, a su cuarto capitulo en un lapso de menos de diez años.
Por lo tanto, si algo hay que agradecer al director y guionista Christopher Nolan, responsable directo del rejuvenecimiento, la nueva cara y perfil estético del hombre murciélago que hemos tenido, a partir de su primera entrega en el año 2005, es el hecho de haber rediseñado el cine de súper héroes.
Desde su primera incursión en la saga, Nolan rompió con el tono humorístico y ligero de antaño, y llegó tan lejos en su reestructuración y redefinición del personaje que casi consigue una nominación al Oscar como mejor película para The Dark Knight si el retorcido sadismo de The Joker no se hubiese interpuesto además de las otras ocho que sí alcanzó.
Con The Dark Knight Rises, no obstante, las cosas serán diferentes. La película es más ambiciosa e indudablemente más espectacular que la anterior, pero sin embargo, resulta más pesada y ligeramente menos entretenida.
No deja de ser una sorpresa también que el film dedicara igual o mayor cantidad de tiempo en pantalla para el alter ego de Batman, Bruce Wayne, mientras trata de congeniar los problemas existenciales y del corazón de ambos.
Lo mismo vale para el villano de turno Bane, (Tom Hardy) un muy poco carismático, pero si enigmático mastodonte, provisto con una extraña mascara que le cubre la boca y la nariz, y quien llega a Gotham City con un solo propósito: hacer la ciudad añicos mediante ataques terroristas y a través de un feroz enfrentamiento de lucha de clases.
Los personajes aquí son más profundos y perturbados, al extremo de que el film parece estar más cerca del drama sombrío y psicológico que del cine acción y aventuras.
Admirable trabajo de Nolan y su coguionista, en este sentido, y muy buenas actuaciones de conjunto en especial, Gordon-Levitt, Gary Oldman y Michael Caine.

