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CINE Y SOCIEDAD

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Invictus: El héroe que todos llevamos dentro

En principio se pensó que “Invictus”,  el más reciente film de Clint Eastwood, atraería una buena cantidad de premios y reconocimientos. Esa fue la razón, precisamente, por la que la película se estrenó, en Estados Unidos, justo en la época previa a la entrega de galardones y distinciones referentes al cine. Sin embargo, la película no pasó de ahí: de una presunción.

Su historia se basa en la obra de John Carlin, ‘Playing the Enemy’, que a su vez recrea un hecho real. En 1994, y después de 27 años en prisión, en calidad de preso político, Nelson Mandela salió libre, y al poco tiempo ascendió a la presidencia de Sudáfrica.

Al año siguiente, durante la celebración de la Copa Mundial de Rugby, Mandela (interpretado por Morgan Freeman) puso en práctica una estrategia política poco convencional, pero igual de efectiva: utilizó al equipo nacional de rugby y a su capitán (Matt Damon), como los elementos catalizadores de la ansiada reconciliación de una nación profundamente dividida. Este sería el ejemplo definitivo de la caída del apartheid en Sudáfrica.

‘Invictus’ es todo Mandela. Es decir, es el único personaje de la película que vale la pena, y sin embargo, el film no es político, y tampoco esta es una biografía. Con sus gestos, tics y probado talento, la caracterización de Freeman es, naturalmente, la única notable.

Donde la película falla es en crear un historia que resulte creíble –¿no esto sorprendente estando basada en un hecho real?– ‘Invictus’ cautiva con la majestuosidad de su  producción, pero no así con su guión. El film fracasa también en crear un equilibrio entre el Mandela presidente/gobernante y el Mandela pro rugby.

Llega un momento en el que director Eastwood mezcla tantas subtramas que después no sabe que hacer con ellas, en especial la referente al cuerpo de seguridad del presidente.  La edición paga, en últimas instancias, las costosas consecuencias.

Y mientras por un lado la película atrapa, entretiene y hasta emociona con un juego del que no entendemos nada, por el otro se torna un film demasiado complaciente y blando. Al final termina dibujando a un Nelson Mandela etéreo e impoluto; un ser demasiado perfecto para ser un político.

El Nacional

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