Del mismo modo que a los teólogos les resulta difícil explicar para qué fue creado el mundo y por qué canales se filtró a la posteridad el pecado original, a las autoridades les ha costado ofrecernos una buena razón que justifique la repentina decisión de Venezuela de desistir de la compra de la mitad del capital accionario de la Refinería Dominicana de Petróleo.
Aunque han insistido en negarlo, al parecer el gobierno había previsto esos ingresos para la ejecución presupuestaria de este año, lo que conllevará a replantear la inversión pública, o más probablemente, a recurrir a un préstamo por valor equivalente al de la referida operación fallida que la compense. Sabemos que las recaudaciones provenientes de la pesada carga impositiva que llevamos a cuestas, que no es retribuida con servicios eficientes por parte del Estado, resultan insuficientes para cubrir los altos niveles de gasto público que han prevalecido durante los últimos años.
De ahí que la deuda haya aumentado considerablemente, cerrando un círculo tan recurrente como vicioso. A todos nos sobran motivos para sentirnos amenazados, y si no lo estamos es porque ignoramos las consecuencias de ese círculo. Independientemente de toda variable macroeconómica, las crecientes facilidades de crédito otorgadas al país incrementan a igual escala los compromisos del servicio de la deuda, y cuando no sea posible asumirlos a través de los ingresos fiscales disponibles, será inevitable una nueva reforma impositiva.
La escalada delictiva y las trivialidades partidarias y electorales que ganan inmerecido espacio en los medios de prensa, nos están distrayendo a tal punto que hemos dejado de reclamarle a la actual administración que disminuya el gasto público. Este panorama no debe, sin embargo, desmotivarnos en la lucha, presente y eterna, de reducir las desigualdades sociales, pues además de que es tarea y responsabilidad de todos, la esperanza es lo último que se pierde.

