Opinión

Clase política

Clase política

El origen y la formación de la clase política figuran entre  los grandes estigmas de ese ejercicio en países como República Dominicana. Con contadísimas excepciones todos han sido de procedencia muy humilde, profesionales sin mucho brillo o mediocre, que han escalado, no por sus servicios ni trabajos, sino por la impronta partidaria. Es posible que sin el ejercicio del poder muy pocos de nuestros políticos pudieran alcanzar el patrimonio de que disfrutan. La capacidad no es para tanto. No es que siempre hayan metido las manos en las arcas, sino que al poder todo se le facilita. Y más cuando se ejerce sin escrúpulos. El criterio de que  los cargos son oportunidades para hacerse, no para resolver las necesidades de la población, se ha institucionalizado. La tesis encuentra su mejor sustento en entes débiles y en un sistema judiciales que por la misma naturaleza de la sociedad es incapaz de jugar el papel que le corresponde. El que ocupa un alto cargo y no resuelve sus problemas y los de sus familiares no será un buen ejemplo, digno de reconocimiento, sino un buen pendejo. El común, gracias a los cargos, se convierten en empresarios una vez dejan el poder, pero en disposición de vender su alma al mismísimo Diablo con tal de volver a disfrutar las mieles. Con esa filosofía la vergüenza también se ha perdido, aunque el bochorno se reduzca a la sobada crisis de valores. Hace unos días me causó que que el secretario adjunto para asuntos latinoamericanos Arturo Valenzuela iba a dejar el cargo para volver a la enseñanza universitaria. Pero aquí la tara de los políticos no es sólo intelectual, sino también moral y económica. Muchos que gozan de grandes privilegios no fueran más que pobres diablos de no ser por la oportunidad que les ha brindado la política. Esa clase política inepta, indolente  y corrupta ha sido la principal retranca que ha tenido este país para su desarrollo. Esa es la triste realidad. Aunque duela.

El Nacional

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