La superchivirica
Su primer novio lo tuvo a los cinco años, según me informó una de sus hermanas, quien anotó la primera carrera en el béisbol amoroso a los dieciséis.
Lo dice con conocimiento de causa pues ella fue quien la atrapó compartiendo besos y abrazos con un amiguito del barrio en el zaguán de una casa del sector, mientras caía un intenso aguacero.
Dos años mas tarde, y en la fiesta de cumpleaños de su madre, se dio una fletada con un niño, al cual sometió a fuertes apretones cuando bailaban algún bolero, en medio de los comentarios de los adultos invitados.
Eran frecuentes los gritos de admiración de la precoz infante ante la apostura de los cantantes y actores que aparecían en la pantalla del televisor familiar, recibiendo regaños de sus hermanos mayores y de sus padres.
-¡Que maldito hombre que está bueno, cualquiera se lo come!-exclamó una noche ante la gallardía del galán de una telenovela, y cuando su madre la mandó a acostar, le dijo que ella tenía un cerebrazo con el actor.
Lo hizo delante del marido de la dama, el cual tenía sentido del humor y no era celoso enfermizo, por lo que celebró con estridentes carcajadas la ocurrencia de la machófila en potencia.
A la edad de doce años le dijo a sus progenitores que tenía un novio que le gustaba tanto, que quería contraer matrimonio con él, y cuando le preguntaron la edad del amado, contestó con rostro impasible que tenía dieciocho.
De mas estaría decir que la encerraron por varias semanas, y uno de sus hermanos la acompañaba a todas partes para evitar que se viera con el jovenzuelo de aparente vocación de médico pediatra.
El tiempo transcurrió, la ardiente muchachita se convirtió en adolescente y luego en joven, mostrando en ambas facetas una chivería que la llevaba a cambiar de novio, y luego de amante, con increíble ligereza.
La coleccionista de hombres tenía vínculos de amistad con una muchacha divorciada con la cual sostuve un breve romance,
Una noche en que se nos pegó para acompañarnos a un sitio bailable, comencé a buscar un tercio que me ayudara a cargar con ella y con la cuenta, y el único disponible fue un conocido más feo que un bizco haciendo morisquetas.
Al informarle a la damita de los glúteos divertidos la carencia total de atributos estéticos de mi potencial acompañante, esbozó una leve sonrisa.
-Pero, ¿tiene voz de hombre, cara de hombre, bigotes y barba de hombre, y otros aditamentos varoniles que no es necesario mencionar?- preguntó, sin que la sonrisa se apartara de su rostro, y cuando asentí, respondió:
– Ese es el único requisito para salir a bailar conmigo.
El baile culminó en romance, y el romance en matrimonio. Y pienso que ambos concluyeron en que les iba a resultar difícil casarse con otros.
El por feo, y ella por su fama de mujer muy usada.

