Si partimos de que la coherencia es la unión y seguimiento de actitudes, conductas y, sobre todo principios abrevados en nuestra tradición oral y lo académico, en República Dominicana, es una “virtud” que tiende a desaparecer.
Si se organizara un certamen sobre un “Premio a la coherencia” quedaría desierto o serían muy contados-para no hablar del común de la gente-, los políticos, empresarios, profesionales y otras figuras públicas que puedan calificar.
¿Cuáles son los coherentes en República Dominicana? Si se pasa revista a nuestra contemporánea historia republicana sería harto difícil encontrar a alguien que merezca ese mérito. Esto, hablando del sostenimiento de normas políticas, éticas y morales.
El asunto se complica aún más si se entiende que, al margen de lo semántico, etimológico y lo puramente lingüístico, la coherencia, por el uso de la gente, se aplica más a nuestros modelos conductuales. Si no limitamos a la simple cohesión de prácticas de comportamientos, hay ciudadanos que sin preparación alguna, han exhibido coherencias en sus hábitos, ideas y otros menesteres cotidianos.
Es decir que un funcionario con un discurso de coherencia, en la práctica podría “disimularlo muy bien” y, subsecuentemente, ser menos coherente y sincero que cualquier simple ciudadano.
Muy a nuestro pesar, muchos educadores, mentores y otros exponentes del tejido social no han sido buenos ejemplos de coherencia. Nuestros políticos, sobre todo los que nos han gobernado, distan mucho de esa correspondencia. No puede haber coherencia en un país donde, por conveniencias partidarias y de poder se apela a la premisa de que, en “política se hace lo que conviene”, sólo para justificar ciertas veleidades en perjuicio del pueblo.

