La 42 asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) que concluye hoy en Bolivia nada podía hacer para aliviar el drama de los 53 millones de personas que sufren hambre crónica o desnutrición en la región. A lo más que podía llegar es a una declaración para llamar la atención de Gobiernos y organismos sobre la miseria que se opone al crecimiento y desarrollo que suelen exhibirse como aval para empréstitos. No así sobre la reforma del sistema de derechos humanos, que Estados Unidos controla a conveniencia de sus intereses en el continente. Ecuador, Venezuela, Bolivia y otros países que no giran en torno a la órbita de Washington son siempre responsables de violaciones de los derechos humanos y cosas por el estilo. A pesar de la notoria ausencia en la asamblea de la canciller estadounidense, Hillary Clinton, el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, se ha puesto de lado de ambos bandos. Por un lado ha reconocido el prestigio bien ganado de la Comsión y la Corte, y por el otro señala que últimamente han surgido problemas que han de resolverse, no para actuar contra el sistema, sino para fortalecerlo y perfeccionarlo.
