Página Dos

Cójanlo

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El caso de Orlando Espinal es más que una historia para ser contada. Que por un pelo haya salvado la vida o evadido ser atracado no es lo único que traduce su caso. Traduce, con caracteres escalofriantes, la dimensión alcanzada por la criminalidad y la delincuencia. Espinal, de 36 años, conducía el sábado en la madrugada un camión de la Pepsicola. Pero en el sector Cristo Rey, desconocidos armados y a bordo de un vehículo trataron de interceptarlo.

En lugar de detenerse, Espinal pisó el acelerador y vino a detenerse en las instalaciones de esta empresa. Sus persecutores no pudieron lograr su objetivo y no tuvieron más que escapar raudos y veloces. Lo que evidencia el caso de Espinal, quien estaba acompañado de Manuel Antonio Disla, de 26 años, es la dimensión de la inseguridad que prima en el territorio. Ese tipo de asaltos se cometía en carreteras o lugares apartados, pero nunca en pleno centro de la ciudad y a plena luz del día. Si Espinal no hubiera conseguido refugiarse en las instalaciones de esta empresa tal vez no hubiera podido contar el incidente.

El Nacional

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