Se trata a todas luces de una provocación que Estados Unidos insista en un embajador en Venezuela que desde antes de ser designado ya ha creado un conflicto diplomático. La oposición del Gobierno venezolano al nombramiento de Larry Palmer es para que Wshington se decida por una figura al menos más prudente y respetuosa de las relaciones internacionales. Palmer se fue de boca al inmiscuirse en asuntos internos al declarar que los militares venezolanos tenían la moral en baja, atribuyéndolo en parte a la supuesta incidencia de Cuba en la nación suramericana. Por ese camino se está muy lejos de remover obstáculos para mejorar y fortalecer las hasta ahora tensas relaciones entre los dos países. Es obvio que un embajador de Estados Unidos en Venezuela tiene que ser una figura de la mentalidad de Palmer, pero respetuoso al menos de las formas diplomáticas. No tan imprudente ni sedicioso. Insistir en un embajador que desde antes de ser ratificado ha alborotado aún más las rígidas relaciones entre los dos Estados es, más que una descortesía, una innecesaria provocación. Y más cuando de antemano es objetado.
