República Dominicana tiene que gozar de buena fama como escondite para que más de 200 fugitivos de diferentes países vengan a recalar a este rincón del planeta. Las propias autoridades suelen dar cuenta, con más satisfacción que vergüenza, de la captura de algún fugitivo perseguido por la Interpol (Policía Internacional). Es obvio que los extranjeros tienen la mejor referencia al refugiarse en este país para evadir la persecución. Lo que está por determinarse es cómo se las arreglan incluso hasta para hacer una vida normal. Y es obio que algún precio tienen que pagar. Determinar ese precio es el desafío o la gran tarea para la Dirección General de Migración, por más ocupada que esté en el caso de los haitianos, que, por lo visto, tampoco es el único problema. De los más de 200 fugitivos que ahora mismo son rastreados en el territorio se ha dado cuenta de que más del 60 por ciento son europeos. Entre los restantes figuran estadounidenses, canadienses, colombianos, mexicanos, peruanos, jamaicanos, puertorriqueños y de otras nacionalidades. Que se utilice el territorio como escondite no es ningún privilegio, sino una mancha molestosa.
