En 2003 se celebraron en Santo Domingo los XIII Juegos Panamericanos, cuyo costo de montaje fue carga muy pesada para las cuentas nacionales que se fueron a pique, posteriormente, a causa del crack bancario. Aunque esa vez se advirtió sobre las consecuencias que acarrearía patrocinar esa fiesta deportiva, todo el liderazgo político respaldó la iniciativa, como forma quizás de congraciarse con la juventud y los deportistas. En Brasil, distancia guardada, ha ocurrido algo similar, pues la dirección política y social ha aprobado los montajes sucesivos en Rio de Janeiro de Juegos Panamericanos, Copa de Confederaciones, Mundial de Fútbol y Juegos Olímpicos, lo que ha concitado un enorme gasto del Gobierno federal en construcción de instalaciones deportivas y preparación de esos juegos, con obvio descuido de inversión pública en otros sectores sociales y económicos. Esa situación ha sido el principal motivo de las protestas masivas que conmocionan a la sociedad brasileña, aunque de paso, los indignados también protestan por la corrupción y el alto costo de la vida. Ojalá que la presidenta Dilma Rousseff pueda campear el temporal.
