Con más de 50 muertes y 300 heridos durante choques ocurridos el lunes entre partidarios del depuesto presidente Mohamed Mursi y la Guardia Republicana, es obvio que Egipto está en los umbrales de una guerra civil.
Antes que refugiarse en sus hogares y aceptar la asonada militar como un hecho consumado, bueno y válido, los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes han tomado las calles en reclamo de que se respete el orden democrático.
El panorama se ha tornado más confuso en cuanto a un desenlace por la división que ha asomado entre los propios golpistas acerca del rol de los militares frente a las masivas protestas sociales. Las manifestaciones de apoyo y rechazo al golpe de Estado reinan en El Cairo y otras ciudades, en tanto la tensión, con su secuela de crisis de servicios, se ha instalado en la nación situada al norte de Africa.
Pese a la sangrienta represión de los golpistas, los Hermanos Musulmanes han llamado a una intifada en rechazo al golpe de Estado y contra el arbitraje que se han arrogado los militares. En tanto la sangre corre por las calles, no se prevé, a ciencia cierta, cuál será el desenlace de la violenta confrontación desatada en Egipto por el golpe militar.
