En Boca Chica, una madre de 24 años habría matado a mordidas y patadas a su hija de tres meses porque supuestamente la criatura lloraba mucho. En Santiago, una jovencita de 14 años se suicidó por las supuestas violaciones de que era víctima de parte de un tío.
Y como colofón de la vesania que perturba a la sociedad un grupo de jóvenes que según la Policía estaba en chercha roció con gasolina y prendieron fuego a un enajenado mental en el sector La Zurza. Son casos escalofriantes, que disparan la alarma sobre signos de descomposición que se propagan por todo el tejido social. Hay que ser muy despiadado para tener el valor de prender fuego a un ser vivo, por demás inofensiva, como el caso de Carlos Calderón, de 33 años.
Los tres sucesos, que formaban parte de una larga cadena de asesinatos y violaciones de ancianos, niños y personas indefensas, son para que las autoridades y la sociedad reflexionen sobre el sistema de valores. Por más incluso que puedan resultar aislados, que tampoco es así. Son propios de algún tipo de patología social que es necesaria abordar con los mismos procedimientos con que se examina un cuerpo para determinar la causa de algún síntoma que afecta el organismo.
