El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, ha vuelto a dar otra demostración de audacia al optar por el diálogo con las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia). La guerra de 50 años entre el Gobierno y la guerrilla no sólo ha sido en extremo prolongada, sino que tampoco ha contribuido con la paz y la seguridad imprescindibles para el desarrollo económico y social. Insistir en la confrontación armada bajo el pretexto de no negociar con terroristas no es lo que se corresponde ni siquiera con el buen sentido. Santos, que ha bajado la tensión en la zona con su acercamiento a Venezuela, apoya su iniciativa en la premisa de que cualquier proceso tiene que ser para terminar con un conflicto y no para prolongarlo. Y entiende que se tiene que aprender del pasado para no repetir los mismos errores. El saludable diálogo que ha anunciado con las FARC no implica renunciar a la seguridad y la vigilancia por parte del Estado. Las negociaciones no son exclusivas con el principal grupo guerrilero colombiano, sino que incluyen al Ejercicio de la Liberación Nacional (ELN). Desde cualquier punto de vista se trata de un importante paso para la paz en Colombia.
