El presidente Barack Obama no las tenía todas consigo en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU). El rechazo casi unánime a la intervención militar en Siria y el escándalo del espionaje del que han sido víctimas gobernantes y entidades internacionales propiciaban una atmósfera por lo menos incómoda para el mandatario estadounidense.
La mano para abrir una vía diplomática que tendió al nuevo presidente de Irán, quien intenta convencer a Occidente de las buenas intenciones del programa nuclear de su país, era una de las escasas cartas que tenía el mandatario estadounidense para no salir totalmente apabullado de la Asamblea. Ningún escenario mejor para la diplomacia que el seno de la ONU, por lo que también es obvio que Obama pidiera actuar contra la guerra civil en Siria, que ha dejado alrededor de 110 mil muertos y más de dos millones de refugiados, y advirtiera que Estados Unidos está listo para usar la fuerza militar en la nación árabe.
La descarga de su colega brasileña, Dilma Rousseff, sobre el espionaje telefónico confirma que Obama tenía que maniobrar para evitar que la casa le cayera encima. Y fue inteligente, porque hoy de lo que se habla es del acercamiento de Washington e Irán, más que de otra cosa.
