De no menos que insólitos pueden calificarse los alegatos del procurador general de la República para perseguir los polizones. Es inaceptable que Francisco Domínguez Brito vea como culpables y no como víctimas a quienes se arriesgan en aventuras inciertas de alcanzar otros destinos en interés de mejorar sus condiciones de vida. Domínguez Brito ha instruido que se les persiga y detenga, como si se tratara de delincuentes peligrosos, porque ponen en peligro la imagen del país. Si tanto le preocupa el buen nombre de esta nación, al menos en lo que respecta a la aventura, muchas veces suicida, de explorar nuevos horizontes, no hay más que luchar para crear las condiciones económicas y sociales que impidan a delincuentes manchar su impoluta imagen. Tal vez Domínguez Brito entiende que la gente carece de razones para arriesgarse en travesías, siempre con la vida en juego, que muchas veces terminan en pesadillas. Sorprende que el funcionario no hable de la parte humana y de las frustraciones en que muchas veces desembocan los sueños de personas que incluso se despojan de su patrimonio. El asunto no es de imagen.
