Defensoría del Pueblo
La Defensoría del Pueblo es de esas entidades que desde su creación no han acabado de sentirse. Tal parece que la gente ni siquiera la toma en cuenta para canalizar sus conflictos. El debate sobre la delincuencia se ha convertido en una avenida que su directora, Zoila Martínez, ha aprovechado para hacer algunos señalamientos.
Ha reclamado, de entrada, que la delincuencia debe combatirse “d esde arriba”, porque a su entender los motoristas, que se han convertido en el principal blanco de la Policía, no son los únicos que delinquen en este país. Y no deja de tener razón, aunque ahora mismo la inseguridad ciudadana sea la principal preocupación de amplios sectores.
La defensoría del Pueblo no puede hacer nada, pero da en el blanco al señalar que la lucha contra la delincuencia debe ser una tarea no solo de la Policía, sino del Gobierno y la ciudadanía.
Su afirmación de que la delincuencia de arriba es la principal es un misil, más al rematar que el sicariato, drogas y abuso de los fondos públicos son parte del malestar.
Nadie se pondrá el sombrero, pero su directora por lo menos ha hablado con propiedad y responsabilidad.
