Por más que se aferre al poder, están contados los días que le quedan al dictador egipcio Hosni Mubarak. El pueblo ha resistido a la horda de matones que han salido a defenderlo y la presión de Estados Unidos para que se largue es cada vez más intensa. Por más que maniobre, a Mubarak no le queda otro camino que largarse. Más egipcios se suman cada día en la plaza Tahrir, de El Cairo, convertida en símbolo de la resistencia contra la dictadura de Mubarak. El presidente Barack Obama ha reclamado a su viejo aliado en el mundo árabe que facilite la formación de un gobierno de transición que convoque a elecciones libres y equitativas en el menor tiempo. Unas elecciones amañadas figuran entre las causas que prendieron la chispa de la revuelta, con el aditamento de la explosión social que derribó la dictadura en Túnez de Ben Ali. El giro que han tomado los acontecimientos son cada día más perturbadores, pero la suerte está echada. Pese a las maniobras los egipcios están dispuestos a todo con tal de echar del poder a un dictador represivo y corrupto, que, en tanto mediaba por la paz en Medio Oriente, los privaba de derechos elementales.
