Lo que habría que ver ahora es si el Fondo Monetario Internacional (FMI) aprenderá la lección tras probarse su incapacidad y complicidad en la crisis financiera que hundió a las grandes economías. El escándalo, por la autoridad y arrogancia del FMI, va más allá de la consoladora expresión de que dondequiera se cuecen habas. Se trata de la principal organización económica del mundo, revestida de todos los poderes y recursos para monitorear las finanzas de los países, la que falló en reconocer los síntomas que alertaban sobre la crisis financiera, y lo que es peor: mostrarse complaciente con las prácticas que propiciaron la catástrofe. Es obvio que el papel de juez para evaluar crecimiento y resultados de acuerdos y medidas ha quedado muy entredicho, como indica el estudio que determinó que el FMI anduvo tarde, aunque no se especifican las razones, en detectar los severos problemas interconectados en las economías más avanzadas del mundo. El crédito del organismo, con todo y que nunca ha sido tan fiable, ha caído por el suelo con el informe sobre su conducta elaborado por la Oficina de Evaluación Independiente.
