Si es que tienen alma, el remordimiento es lo que han cosechado los responsables de la cruenta masacre israelí contra el pueblo palestino al perder las elecciones del martes.
El partido Likud, del ultraderechista Benjamin Netanyahu, no tuvo que salpicarse de sangre inocente para derrotar en las urnas a la canciller Tzipi Livni, de Kadima.
La coyuntura que marca la llegada al poder del demócrata Barack Obama despertó más interés en el proceso electoral de Israel, habida cuenta del proceso de paz en que se ha comprometido el nuevo gobernante.
Horas antes de la toma de posición de Obama, el 20 de enero, las tropas israelíes comenzaron a retirarse de la Franja de Gaza después de causar miles de muertos, heridos y desplazados, y dejar el territorio convertido en ruina.
La candidata del Likud, con prepotencia indignante, defendió las barbaridades a nombre de la paz y la seguridad de los israelíes. Unos cohetes del grupo radical Hamás que no causaron ningún daño fue el pretexto para la cruel acción sionista.
Hasta israelitas se movilizaron contra la sangrienta matanza que generaron protestas e indignación en todos los confines del planeta.
Como candidata presidencial, la canciller Livni no pudo capitalizar en las urnas su inhumana estrategia de mano dura contra el terrorismo. Lo reñido de las votaciones no compensan la derrota ni el remordimiento que ha debido quedarle de la masacre en Palestina.
El proceso es un espejo en que deben mirarse gobernantes y políticos.
