Si hay un funcionario que últimamente ha estado sometido a un incesante fuego cruzado desde todos los ángulos ése es el ministro de Educación, Melanio Paredes. A las intoxicaciones con el desayuno escolar y el conflicto con la leche se han agregado la calculada exigencia de un cuatro por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) para mejorar la calidad de la enseñanza y la polémica sobre el texto integrado. Sin incluir las protestas por la crisis en el Seguro Médico para Maestros (Semma) ni las huelgas de profesores. En cada debate la cartera ha estado a la defensiva y, para colmo, a veces con argumentos tan débiles como reprochables. El mejor ejemplo lo representa su desautorización a lingüistas, literatos y otros profesionales de intervenir en la discusión sobre la reforma educativa, que reservó solo para especialistas en alfabetización. Como si el incremento de la asignación fuera una demanda política, las condiciones puestas por la cartera representan un verdadero trabalenguas. No sabe cómo enfocar el problema. Al concluir la jornada amarilla del lunes, el debate sobre la exclusión de la lengua española del texto integrado volverá por sus fueros.
