El genocidio protagonizado por el despiadado dictador libio Muamar el Gadafi no ha contenido los gritos de libertad de un pueblo que desafía los tanques y los bombardeos indiscriminados. Más personas se han lanzado a las calles en la medida que el Gobierno libio ha arreciado la masacre contra manifestantes que claman un sistema democrático. Gadafi, en otro tiempo un ícono contra la opresión, ha recurrido hasta al desprecio de su gente al llamar ratas a los que participan en las protestas por la libertad. Pero los libios, que en una época estaban dispuestos a morir por la revolución de Gadafi, lo están ahora por la libertad. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y varios países han condenado la masacre en Libia y han solicitado al legendario coronel el cese de la violencia. Pero el curso que han tomado los acontecimientos hace necesario que se tomen acciones enérgicas para aislar al cruel dictador libio. Porque Gadafi, que dijo estar dispuesto a morir en Libia y combatir las ratas que crean disturbios hasta la última gota de sangre ha demostrado que no se inmuta. No se puede esperar un exterminio antes de actuar en Libia.
