El final de la dictadura de 42 años del coronel Muamar Gadafi parece cuestión de horas. El cerco contra Trípoli y la frustrada maniobra de colocar en bancos ingleses unos 4,800 millones de dólares, anticipan que los días del longevo dictador libio están contados. Resulta triste y doloroso que Gadafi, que se había convertido en un símbolo de la resistencia en la nación norafricana, termine su reinado enfrentado con las armas a su propio pueblo, en una orgía sangrienta. Un político hábil, que supo arreglárselas para ser cortejado por Europa y zanjar sus diferencias con Estados Unidos, disponía a su antojo, sin embargo, de los recursos de Libia. Mientras el pueblo padecía las más apremiantes necesidades, Gadafi y su séquito disfrutaban una vida de reyes. Los casi cinco mil millones de dólares bloqueados por bancos ingleses prueban el saqueo a que el dictador y sus allegados han sometido a una nación que hoy ocupa el séptimo lugar entre los países productores de petróleo. Aunque ha anunciado que armará al pueblo para aplastar la sublevación, Gadafi tiene los días contados. Su caída será otra lección para los dictadores.
