Con la muerte de los tres últimos individuos que ocuparon a sangre y fuego el lujoso hotel Taj Mahal, en Bombay, tropas élites pusieron fin al más grave atentado terrorista perpetrado en la India, con saldo de al menos 195 muertos, incluidos 22 extranjeros.
El grupo terrorista de tendencia islámica ocupó además el hotel Triden y un centro judío donde sus integrantes perpetraron una verdadera masacre de civiles, hasta ayer cuando el Ejército desalojó el Taj Mahal, uno de los hoteles más emblemáticos de la India.
Tras la muerte del comando terrorista, las autoridades han iniciado las investigaciones, cuyas primeras pesquisas apuntan a la posibilidad de que quienes perpetraron la matanza tuvieran conexiones en Paquistán y el Reino Unido.
El presidente paquistaní, Asi Ali Zardari, anunció que su gobierno realizará una rápida investigación a los fines de determinar si el atentado terrorista se planificó en ese país limítrofe con la India, en tanto Londres envió a Bombay un equipo de investigadores con los mismos fines.
Tan horrendo atentado terrorista perpetrado en Bombay obliga consolidar el temor de que ningún asentamiento humano está libre de sufrir devastadores efectos de acciones criminales que se cometen al amparo de fanatismos religiosos, étnicos, económicos o políticos.
