El asesinato en San Francisco de Macorís de un hacendado y un sobrino suyo de 13 años expone con caracteres inconfundibles el cuadro sobre la violencia callejera que perturba a la nación.
Carlos Ryme Polanco, de 42 años, y su sobrino Enrique Ryme fueron acribillados sin mediar palabras por desconocidos que, sin duda alguna, tenían la misión o se habían propuesto ultimarlos. Sabrá Dios por cuáles razones.
Los victimarios no tocaron el arma que portaba el hacendado, la passola en que se desplazaban ni ninguna de las pertenencias. Su decisión era matarlos sin dejar el menor rastro.
Que la gente sea muerta de esa forma en la calle ratifica la inseguridad, por un lado, y la desconfianza en el sistema judicial, por el otro. En el supuesto de alguna rencilla antes que apoderar a las autoridades los victimarios optaron por hacerse justicia por sí mismos.
Pero ese tipo de crimen que carece de explicaciones suele dar lugar a muchas conjeturas. Lo inquietante, sin embargo, son los niveles a que ha llegado la delincuencia y la criminalidad.
Muertes como la del hacendado y su sobrino hacen pensar en los escuadrones y sicarios de que han hablado hasta las propias autoridades. Salvo por rencillas familiares no se conocía por aquí un tipo de asesinato que ya ha cobrado mucho cuerpo.
El suceso ocurrido el sábado en la madrugada en la carretera que comunica a San Francisco de Macorís con Villa Tapia constituye otro desafío del que se espera que la Policía pueda salir airosa.
