Argentina, después de la guerra de 1982, no se ha apartado de la vía diplomática para reclamar el archipiélago de Las Malvinas. Es posible que no le queden más opciones para reivindicar la soberanía de islas que el Gobierno británico ocupa a la fuerza.
Sin embargo, no conforme con la acción colonialista en pleno siglo XXI, el primer ministro David Cameron ha advertido que está dispuesto a recurrir a las armas si fuera necesario para conservar la soberanía sobre un archipiélago rico en petróleo.
Tan censurable como la amenaza de Cameron, una provocación inaceptable, es el silencio observado por Estados Unidos, por más aliado que sea de los británicos, de otras potencias y de los organismos internacionales.
Aún fuere para guardar las apariencias, el primer ministro inglés ha debido ser condenado con energía por su exabrupto. Aunque lo procedente sea exigir al Reino Unido, que se jacta de disponer de uno de los cincos presupuestos de defensa más elevados del mundo, que se aboque a abandonar un territorio que no es suyo y las prácticas colonialistas. El silencio es un mecanismo de legitimar violaciones de la zarandeada Carta de las Naciones.
