El presidente Leonel Fernández inició ayer por la empobrecida Región Sur el reparto de cajas navideñas. En el contenido de esas canastas, el Gobierno invierte más de mil millones de pesos. Como es de esperarse, esas repartideras se convierten en mítines políticos de quienes, por sí mismos o por encargo, claman por la reelección presidencial. A lo que se aspira es a que esas cajas vayan a parar a manos de familias que malviven al otro lado de la verja de miseria. Convendría que el mismo Presidente haga hasta lo imposible para que ningún peje gordo ni compañerito desvíe con fines políticos o familiares esas cajas con alimentos adquiridos con dinero público. Si el presidente Fernández concibe estos repartos como una forma de llevar a los pobres siquiera una mínima parte de los recursos que la desigualdad y la injusticia les arrebatan, debe intervenir para evitar que quienes se han embolsillado durante todo el año una parte de lo que debería llegar a las mayorías, se apropien también de estos regalos. Otro escándalo no sería saludable para el gobierno ni conveniente para quienes esperan poner pan en la mesa, aunque sea sólo en Navidad.
